Sebastian Guzman Diaz
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Entre Reliquias y Ruinas

2020

La transición en las formas de vida de las sociedades de cazadores-recolectores nómadas que se transformaron en agricultores y ganaderos sedentarios hace 14.000 a 9.000 años fueron decisivos para la historia de la humanidad, desde hace 11.000 años, hay evidencias de construcciones humanas que se caracterizan por la presencia de casas cuadradas aglomeradas, pegadas unas a otras, con suelos de mortero de cal y hogares circulares en forma de cubeta. Desde estas épocas primitivas de la civilización humana, ya se empleaban materiales similares o equivalentes al concreto para erigir sus estructuras, sin embargo, el desarrollo moderno del concreto como lo conocemos, comenzó en el siglo XIX.


Desde entonces, el concreto ha sido un componente fundamental en la construcción de edificaciones y estructuras en todo el mundo. Su uso se ha generalizado y es esencial en la fabricación de estructuras por ser un material de construcción versátil y duradero. Este material, duro y robusto, que evoca lo pétreo, transmite la solidez y la permanencia de nuestras creaciones. Su obtención mediante la extracción minera y de canteras lo vincula al extraccionismo, revelando no solo su presencia física, sino también su conexión intrínseca con la tierra misma.


El concreto hoy se establece como un símbolo inconfundible de la modernidad. Al ser un material omnipresente en todas las ciudades se erige como signo y huella del impacto humano en el planeta, una representación de la civilización, el progreso y las construcciones que han conducido nuestra historia, reflejando la expansión urbana y la infraestructura que define la era contemporánea. Simboliza el impacto tangible y perdurable que la civilización actual ha tenido en el entorno construido.


El uso de este material posee una estrecha relación con la arquitectura e ingeniería moderna y contemporánea en donde se adopta una estética regular, lisa; despojada de toda sensación irregular, orgánica, o natural. Todo lo edificado en la contemporaneidad tiene cierta homogeneidad y regularidad antinatural. Paredes de esquinas marcadas, ángulos rectos y formas robustas. Cubículos de cemento de 30 pisos. O, en palabras de Le Corbusier “máquinas para vivir”. Así, el concreto, como piedra angular de estas estructuras, se convierte en el vehículo a través del cual la visión de progreso contemporánea imprime su marca en el paisaje urbano, que deja una huella en la historia del desarrollo humano.


En contraste con la rigidez de la arquitectura moderna, surge el paisaje natural que abraza las formas orgánicas e irregulares. Así, inicio una búsqueda de composiciones frágiles con el fin de reflexionar sobre las fracturas y las fisuras, explorando la belleza inherente a la imperfección a través del concepto taoísta de 'Wabi-sabi', una cosmovisión basada en la transitoriedad (transiencia) y la imperfección que da cabida a lo imperfecto, lo impermanente y lo incompleto en todo como elementos esenciales de la existencia, en un llamado a apreciar la vida en su estado más puro y natural.


Este enfoque que trasciende la estética; se convierte en una filosofía que guía la percepción del mundo. En medio de la imperfección, las formas se transforman en reliquias, evocando la idea de ruina en medio de paisajes distópicos. Caminar a tientas entre reliquias y ruinas se convierte en un acto de descubrimiento, una exploración de la belleza que emerge de la decadencia, entre lo que fue y lo que está por venir, en un mundo donde la transitoriedad es la única constante.


Entre reliquias y ruinas se enmarca en una búsqueda por conectar a la naturaleza con los espacios construidos y habitados por el hombre a través de la idea del progreso. Esta visión obedece a una traducción de la lectura del territorio desde un lugar de reflexión que la fusión entre la ingeniería, la ciencia y el arte me brindan, sobre la base de la transdiciplinariedad busco problematizar y construir narrativas a partir de mi propia experiencia en el territorio que habitamos. Se hace presente una dicotomía entre lo orgánico y lo industrial que expresa la forma mínima de cómo consumimos el planeta: la urbe desde la unidad mínima, que expone un sentir distópico de hacia dónde nos dirigimos sin desearlo. Según desde donde se mire, la idea del progreso cambia.